El Consorcio de la Ciudad de Toledo es el órgano de gestión del Real Patronato, de carácter público, con personalidad jurídica propia y plena capacidad de obrar, creado para buscar la recuperación patrimonial de la ciudad, la difusión de los valores que simboliza, así como para el desarrollo y potenciación de la actividades culturales y turísticas vinculadas a la misma.
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HISTORIA DE TOLEDO
Introducción
Ciudad Musulmana
Reino Cristiano
Esplendor y Decadencia
Turismo de Masas
La historia de Toledo es muy intensa y extensa.
Aquí nos limitamos a presentarles un
pequeño resumen.
INTRODUCCIÓN
Tras la Segunda Guerra Púnica, la Península Ibérica se convertiría en un territorio a dominar por Roma, cuya pacificación duraría dos siglos. En el año 193 a. de C. se fechan los encuentros entre el procónsul de la Hispania ulterior, Marco Fulvio Nobilior, y una federación de carpetanos, siendo derrotado un reyezuelo, de nombre Hilerno, que algunos cronistas unen a la Toletum prerromana, ciudad que fue tomada en el año 192 a. de C.

La relación directa de Toledo con la monarquía se inició a mediados del siglo VI, cuando el rey visigodo Atanagildo trasladó desde Sevilla a Toledo la capitalidad del Reino.

A partir de este momento la ciudad romana de Toletum se invistió de gloria "por la presencia de los príncipes que en ella residían", según el obispo visigodo San Ildefonso, patrón de la ciudad. Desde ella, la dinastía gobernará ayudada por consejos nobiliarios y siguiendo las normas elaboradas por los Concilios. Estas asambleas, con funciones eclesiásticas y político-legislativas, fueron 18 y se celebraron en Toledo, por lo que la ciudad fue escenario de la solución de los dos grandes problemas que dificultaban la integración de los godos con los hispano-romanos dominados. En el III Concilio de Toledo, celebrado en el año 589, se solucionó la diferencia religiosa entre ambas comunidades cuando el rey Recaredo y el pueblo visigodo adoptaron la religión católica, generalizada entre los hispano-romanos. El problema jurídico fue abordado en el VIII de estos concilios, datado en el año 653, y en el que se refundieron en un solo código, llamado "Libro de los Juicios", las leyes visigodas y las hispanorromanas.
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CIUDAD MUSULMANA
En el año 711 los musulmanes conquistaron Toledo, la llamada por ellos "Ciudad de los Reyes", integrándola en el nuevo estado de Al-Andalus. Aunque dejó de ser capital estatal, su posición estratégica en el nuevo reino la elevó a la capitalidad de su frontera media y la convirtió en la principal ciudad musulmana del centro de la península.

A la caída del califato, en el año 1031, Toledo volvió a ser capital de un reino, el de la amplia taifa de Toledo, que comprendía casi los mismos territorios que la actual Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha. Fue el rey Al Mamun, quien llevó al nuevo reino a su máximo esplendor político-territorial, al conquistar los reinos de Valencia y Córdoba, y convirtió Toledo en uno de los focos culturales más importantes del Islam español, con amplia repercusión en el exterior.
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REINO CRISTIANO
En la primavera del año 1085, Alfonso VI de Castilla y León entró en Toledo, lo que supuso la incorporación de una gran ciudad musulmana a un reino cristiano por primera vez y, sobre todo, la recuperación de la antigua capital del Reino Visigodo.

La conquista prestigió a Alfonso VI ante los demás reinos cristianos y musulmanes de la península, permitiéndole intervenir en ellos. Este significado político lo completó el Rey con la reinstauración de la sede metropolitana y primada, rango que tuvo mientras fue capital visigoda. A partir de este momento el arzobispo de Toledo gozará de amplios poderes jurisdiccionales y se convertirá en otro gran poder del reino.

Uno de los periodos de mayor esplendor de la ciudad es el que se inicia con el reinado de Alfonso X el Sabio. Toledo se convierte en capital de la cultura europea; la Escuela de Traductores llega a su máximo esplendor en este momento cuando se trasladan a Toledo los restos de la biblioteca de Al Hakam II, cuyos fondos, que los árabes habían traducido del griego, se traducen aquí al latín y después al romance proporcionando así un enorme caudal de conocimientos.

Se traducen también importantes documentos sobre medicina, filosofía, cosmografía y ciencias esotéricas que ahora se dan a conocer en occidente. Esta frenética actividad intelectual hace que Toledo sea centro de atracción de artistas, científicos y eruditos de toda Europa.

Durante este periodo Toledo se convierte también en punto de referencia en el plano político, siendo la balanza que decidía posteriormente durante guerras fraticidas que se sucederán durante los siglos XII, XIII y XIV en buena parte de la Península. Toledo será un importante centro político que, hasta el Renacimiento, tuvo mucho que decir sobre los candidatos al Trono. La ciudad era además un centro estratégico donde se tomaban todas las decisiones militares para proseguir la conquista del sur peninsular.

Los Trastamara, ya en el poder, también utilizaron la simbólica imagen de la ciudad para reforzar su legitimación. Carlos I, en su proceso de castellanización, mantuvo la costumbre de la monarquía hispánica de utilizar capitales temporales y conservó Toledo como la más importante de ellas. Además, concedió a la ciudad su propio escudo e hizo prototipo de los palacios reales de la época a su Alcázar. Este conjunto de concesiones revitalizaron fuertemente en Toledo la idea de "Ciudad Imperial".
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ESPLENDOR Y DECADENCIA
Carlos I abdicó en 1556 y poco después Felipe II trasladó la Corte a Madrid. Ante ello los toledanos iniciaron un movimiento para conseguir su vuelta, encabezado por el Ayuntamiento que realizó una serie de reformas urbanas para dar una imagen moderna a la ciudad. La nobleza, que venía colaborando al esplendor del Renacimiento Toledano con su mecenazgo y mantenía una intensa vida cultural en torno a círculos o academias intelectuales celebradas en sus propias casas, construyó nuevas y suntuosas mansiones para conseguir esta nueva imagen. Sin embargo, Felipe II no volvió a Toledo y tampoco sus sucesores.

A la nueva corte madrileña terminarían marchándose no sólo los nobles, sino también los mercaderes y artesanos iniciándose, pues, la decadencia económica y cultural de la ciudad donde, a comienzo del siglo XVII, el vacío dejado por la Corte será ocupado por la Iglesia. La "Ciudad Imperial" será sustituida por la "Ciudad Convento" y entra en una decadencia que se prolongará más de tres siglos. Las fundaciones religiosas todavía logran, con mayor o menor modestia, algunas aportaciones al panorama artístico de esta etapa crepuscular del siglo XVII.

Incluso en el siglo XVIII surgen algunos chispazos de magnificencia artística divorciados del ambiente decadente, como El Transparente de la Catedral. Ya avanzado el siglo, la figura del cardenal Lorenzana intenta frenar esta tendencia, auspiciando los estudios universitarios con su ardor de buen ilustrado; al igual que un grupo de toledanos que, a su vez, solicitaban al Consejo de Castilla autorización para poder crear una Sociedad Económica de Amigos del País que encontrase soluciones a su decadencia, promoviendo actividades industriales. Vano intento. La industria nunca llegó, salvo la Real Fábrica de Armas, creada por Carlos III.

Comenzó con el siglo XIX un largo proceso de ruinas y demoliciones injustificadas. El breve tiempo de la invasión napoleónica, en 1808, hunde un poco más su pasado esplendor con el deterioro y desaparición de algunos monumentos significativos. Y, al igual que sus edificios, la población disminuyó hasta mediados del siglo, llegando a poblar la ciudad en 1848 solamente 12.203 personas, cifra muy lejana a los casi 60.000 habitantes del mediados del siglo XVI.

El fenómeno desamortizador promovido por Mendizábal en 1835 provocó, también, cambios que transformaron el uso de los espacios ocupados por los bienes enajenados. La revolución de 1868, "La Gloriosa", rompió en parte la apatía y aislamiento de la primera mitad del siglo. Un clima de renovación hizo concebir esperanzas de una posible reactivación de la urbe. Una parte de su sociedad se lanzó a la revitalización de la ciudad, que entonces apenas contaba con agua caliente. Se inauguró el ferrocarril, el petróleo sustituye al aceite en el alumbrado urbano, se construye una planta elevadora de aguas del Tajo e incluso se inician las obras de restauración del Alcázar.

Pero, tras la I República y con la llegada de la Restauración, la ciudad vuelve a su sopor. Mientras una rancia burguesía provinciana y rentista vive haciendo política de salón y soñando con la recuperación histórica de su antiguo esplendor, algunos grupos ensayan aventuras de modernización para sacar a Toledo de su provincianismo. Se realizan intentos de adaptación a la ciudad de las innovaciones técnicas más llamativas: la luz eléctrica (1890), la red de teléfonos, etc. Pero los intentos serios para una modernización continuada apenas llegaron a cuajar. Languidecía la vida social en los contados centros socioculturales, patios, trastiendas y reboticas.
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TURISMO DE MASAS
Y a pesar de que los toledanos seguían confiando en el cambio, el siglo XX no fue tan deslumbrante como esperaban. Toledo siguió sumida en su tradicional sopor, del que despertará una mañana de 1936, cuando el Alcázar, una vez más, vuelve a cobrar ecos de protagonismo nacional; la gesta idealizada de sus defensores vuelca sobre Toledo la atención y exaltación patriótica de la posguerra. La reconstrucción del Alcázar supone el punto de partida de la nueva arquitectura "neoherreriana", plasmada en la enorme mole de la nueva Academia de Infantería que, situada al otro lado del río, destaca en el respetado entorno de los cigarrales.

En la posguerra sigue el provincianismo bajo la tutela de un ambiente clerical que marca una rígida moral social. A pesar de todo, crece el interés por los tesoros que encierra la ciudad, que poco a poco se ve sacudida por la conmoción curiosa y pacífica del turismo de masas.

Además, otro hecho inesperado vino a romper esa natural inercia de postración que se venía arrastrando. En 1982 Toledo se convierte en capital de Castilla-La Mancha, actuando esta circunstancia como palanca de renovación y de crecimiento. Además, se cumple así, finalmente, esa histórica aspiración de volver a ser capital. Adquiere entonces la ciudad un nuevo ritmo de vida, una mayor vitalidad en aspectos económicos y culturales. Y a medida que la ciudad crece y su población aumenta se percibe en ella un espíritu más abierto que en unos años llega a transformar la ciudad provinciana en una nueva capital que ahora afronta ya el siglo XXI con el mejor de sus espíritus de modernidad, progreso y respeto por la tradición.
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