El Consorcio de la Ciudad de Toledo es el órgano de gestión del Real Patronato, de carácter público, con personalidad jurídica propia y plena capacidad de obrar, creado para buscar la recuperación patrimonial de la ciudad, la difusión de los valores que simboliza, así como para el desarrollo y potenciación de la actividades culturales y turísticas vinculadas a la misma.
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Toledo es un ejemplo excepcional de ciudad histórica donde el pasado está presente de forma palpable, no sólo en su valioso patrimonio monumental, sino también en una multitud de aspectos que solidariamente conforman el paisaje urbano: calles, adarves, cobertizos, rincones, fachadas, patios, tiendas, artesanía, etc. Ahí reside su excepcional singularidad.

Una singularidad que comienza con su original emplazamiento: el Casco Histórico de Toledo se extiende sobre un escarpado e irregular peñón rocoso que queda rodeado y aislado por el llamado "torno del Tajo", consistente en la penetración del río en la meseta de Toledo. El río Tajo es el elemento principal del emplazamiento de Toledo, el cual constituye una de las claves que explican su origen, configuración y crecimiento urbano.

Los valores estratégicos y defensivos del asentamiento de Toledo justificaron su fundación, inicialmente como un poblado de la Edad de Bronce (1800-1200 a. de C.), tal y como atestiguan los restos arqueológicos aparecidos en el Cerro del Bú; después como una ciudad celtibérica (siglos IV-III a. de C.) habitada por el pueblo de los carpetanos, que fue conquistada por Roma en el año 192 a de C. La ciudad prerromana se disponía en torno al centro político, religioso y económico que se encontraba en la zona central.


Tras la conquista, hay que esperar a la época altoimperial para que se inicie el fenómeno de la romanización. Este es un proceso por el cual los pueblos indígenas sometidos a Roma adoptan su cultura en la práctica totalidad de sus manifestaciones. Toledo se convierte en municipio romano y adquiere un estatuto jurídico privilegiado relacionado con un amplio programa de construcciones encaminado a dotarla de los modos de vida y formas ideológicas de una ciudad plenamente romanizada.

De este modo, y coincidiendo con las principales ejes de comunicación, se desplegó un complejo de arquitecturas suntuarias destinadas a mostrar el nuevo modo de vida. Se creó así una "ciudad fachada" en la Vega Baja, que era la entrada a Toledo, presidida por el Circo, elemento monumental y de grandes dimensiones; el Teatro, que estaría situado bajo el actual convento de Carmelitas, y el anfiteatro, situado en la zona de las Covachuelas.

Debido al terreno, la ciudad no era como las típicas romanas que presentaban un sistema de calles con manzanas regulares. Por el contrario, Toledo presentaba una trama compleja: fuertes aterrazamientos cuyos principales ejes viarios vendrían marcados por las diferentes vaguadas de evacuación de aguas pluviales.


Quedaban fuera de la ciudad -fuertemente fortificada- amplias zonas como la judería y sectores cercanos al río -alfares, tintes, jabonerías, etc.- que dieron lugar posteriormente a barrios populares o arrabales.

Con la llegada de los visigodos Toledo se convirtió en Urbe Regia. Atanagildo estableció la corte en Toledo en el año 572. A partir de ese momento, Toledo pasó de ser una ciudad importante a convertirse en residencia de reyes, de la corte y de todo el aparato administrativo. La actividad constructora se intensificó, levantando palacios, basílicas y otros edificios de los que apenas han quedado restos. El rey Wamba emprendió una gran reforma de la ciudad y a él se debe -según los cronistas- el amurallamiento de la misma.

Los árabes llegaron en noviembre del año 711 y no se irán hasta el año 1085. Tres siglos y medio en los que Toledo adquiere el perfil de ciudad medieval e islámica que permanece hasta nuestros días. Los árabes reformaron y construyeron una ciudad a su gusto, una gran ciudad irregular con multitud de calles empinadas, estrechas y tortuosas, y con callejones y adarves sin salida que se cerraban por la noche para mantener la intimidad y seguridad de sus moradores. Las calles y adarves con frecuencia estaban techados con cobertizos. Los espacios libres eran muy escasos, pues sólo la explanada de Zocodover se podía considerar como un espacio público abierto. Configuraron así un entramado compacto con grandes manzanas irregulares integradas por edificios cerrados hacia el exterior y articuladas en torno a un patio interior.


La ciudad fue dividida en barrios y zonas compartimentadas y amuralladas que se diferenciaban entre sí por sus funciones y por sus componentes étnico-sociales: el alficén o alcazaba fortificada con una función política y militar; la medina, con una función residencial, comercial y religiosa, donde vivía la mayor parte de la población musulmana; la judería, situada hacia la puerta del Cambrón, y los "arrabales", resultado del crecimiento urbano hacia el norte, en los que vivía una población eminentemente artesanal.

Tras la conquista cristiana de la ciudad se completa la configuración urbana heredada directamente del asentamiento musulmán: al plano laberíntico se añaden construcciones realizadas en un nuevo estilo, fruto de la convivencia de musulmanes, cristianos y judíos. Es la arquitectura mudéjar, que hunde sus raíces en el pasado musulmán y ha pervivido adaptándose a los usos que demandaba la sociedad. El mudéjar ha generado una cierta uniformidad paisajística propia de Toledo.

Otro acontecimiento que dejaría su huella en el paisaje urbano de Toledo es la construcción de la Catedral sobre la base de la antigua mezquita mayor. Se prefirió para ella el estilo gótico, no el mudéjar. Con ello se ponía una nota europea en una ciudad arabizada.


Después, a lo largo del tiempo, otros "modelos" urbanos han operado en Toledo y de ellos tenemos constancia sobre todo a partir de la realización de proyectos de edificios y espacios públicos.

En el siglo XVI, Toledo simboliza el punto álgido del Renacimiento Español con piezas tan emblemáticas como el hospital de Santa Cruz, el hospital Tavera, la Puerta de Bisagra y la remodelación del Alcázar. Por su parte, el corregidor Juan Gutiérrez Tello promovió una importante reforma urbanística para intentar que la Corte regresase de Madrid. Ensanchó calles, adecentó paseos, construyó o reformó espacios públicos como la alhóndiga, la carnicería, la mancebía y la cárcel real. Cristianizó todas las puertas de la ciudad y buscó abrir espacios como pasaba en todas las ciudades renacentistas. Toledo se tuvo que contentar con tres plazas: la del Ayuntamiento, gracias al derribo de varias casas en 1554 (la plaza se convirtió en una espacio ceremonial en el que se celebraban los actos más importantes); la plaza de Zocodover, que era la plaza del mercado, y la plaza mayor que albergó el mercado de abastos. El resto de las plazas de Toledo son encuentros de calles con más o menos anchura (plazuelas).

En el siglo XVII, el gran desarrollo de los conventos significó en numerosas ocasiones la formación de grandes manzanas cerradas como una pequeña ciudad independiente, con todos sus servicios internos e incluso con cobertizos sobre las calles y túneles por debajo de ellas. La mengua de la población y la expansión de las comunidades religiosas tuvo pues su reflejo en una urbanística de calles desiertas y amplias manzanas separadas del mundo por altos paredones. Es lo que los historiadores han coincidido en llamar la ciudad-convento.


Un nuevo impulso en el siglo XVIII se debe al cardenal Lorenzana. Fue él quien, por medio de sus arquitectos Ventura Rodríguez e Ignacio Haan, impulsó las reformas más importantes de la ciudad con obras neoclásicas de gran impacto como la Universidad, el Nuncio, los Palacios arzobispales, la fachada de la Catedral y el colegio de Doncellas Nobles. También se preocupó el cardenal ilustrado de dotar a la ciudad de importantes paseos como el de la Vega y el paseo de la Rosa en el camino a Aranjuez. Son intervenciones que marcan otra concepción del esquema urbano y del papel de las nuevas instituciones en la ciudad.

En el XIX y principios del XX destaca una fuerte actividad de la Administración con la introducción y consolidación de nuevos usos cívicos y sus correspondientes usos arquitectónicos: como la Plaza de Toros (de Antonio Fenech), el Teatro de Rojas (de Amador de los Ríos), la Diputación Provincial (de Ortiz de Villajos), la Escuela de Artes y Oficios (de Melida) o la Estación de Ferrocarril (de Narciso Clavería), entre otros. También la rectificación y ampliación de algunas calles del Casco para facilitar el trasigo de las carretas, la supresión de cobertizos (desaparecieron los de casas particulares, tan sólo quedaron los que comunicaban propiedades eclesiásticas como el de Santo Domingo el Real, Santa Clara, Santa Isabel, San Pedro Mártir) y la mejora de algunas fachadas.


Estas nuevas funciones y edificios, con una gran capacidad estructuradota de la ciudad, son resueltos adaptando una fuerte innovación tipológica, aunque se busque un compromiso estilístico con el Toledo tradicional

Como resultado de este proceso llegamos al siglo XX con un Casco Histórico en el que las distintas culturas que lo han habitado se han sobrepuesto dejando sus distintos legados urbanísticos. Un Casco Histórico que, al entrar en el siglo XXI, busca mantener día a día el equilibrio entre los valores monumentales y su adaptación a los nuevos y evolutivos modos de utilización de las ciudades, de la misma manera que a lo largo de su historia dio muestras de su capacidad de incorporar y reactualizar los sistemas de crecimiento de la propia ciudad en coherencia con el ingente patrimonio heredado.


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